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Nota facilitada por Fabiola Rodriguez y Patricia Bacchini

    

  Entrevista-reflexión para la revista mexicana Cambio   

Por Romero Sierra / Foto Valeria Ascencio

Nunca me consideré una niña bonita. Nunca, nunca, nunca. De hecho pensaba que no tenía cejas: eran tán rubias que no las notaba cuando me veía en el espejo. En la familia de mi madre todas son tetonas; yo nunca quise ser tetona, pero ni modo: así salí. Hacía todo lo posible por ocultarlo. Me recuerdo que la primera vez que mis encantos salieron al aire fue el la telenovela Corazón Salvaje. Dijeron: "Edith se operó el busto". No, fue la primera vez que se vieron. Y la primera vez que yo me sentí realmente bonita fue en Aventurera, una obra de teatro-cabaret. Era la primera vez que me metía primera, segunda, tercera y cuarta. Tienes que aprender a hacerlo en automático, empezar por meter el clutch y luego el acelerador. Así es, caminar e ir pensando: soy bonita. Y llega un momento en que te la crees. Ser bonito o feo es simple y sencillamente una actitud. La belleza uno se la inventa; cada quien se pone la estrellita.

Soy podurosa pero al mismo tiempo no tengo ningún problema en encuerarme. Me cuesta mucho menos trabajo encuerarme para una foto que para mi pareja.

¿En qué me ha ayudado ser actriz? En primer lugar me ha permitido ver que no soy la única, eso es padre. Todos tenemos la misma raíz. No somos ni mejores ni peores. Sentimos las mismas emociones básicas. De hecho sólo hay 36 situaciones dramáticas. Así de sencillo.

Generalmente, las escenas pasionales son compartidas. Ahí están uno, dos, tres camarógrafos y el señor del boom. El que tu cuerpo se vea bien no es estático sino que lleva movimiento. Y dependes de que el compañero actor sepa cubrirte y arroparte en el sentido humano, que te haga sentir cómoda, respetada, aunque no se vea nada ante las cámaras. Estás debajo de una sábana, piel con piel; cada quien trae su calzoncito muy discreto porque el chiste es dar la fantasía. Ése es el secreto de nuestro negocio.

Cuando estás con el actor y los besas, sí se sente algo. Pero después, cada quien con su pareja. Sería muy triste y deprimente que te quedaras prendada de una persona con la que te besuqueaste. Está cañón. Sí sucede que, durante todo el proceso laboral, te vas enamorando de una persona porque resulta que le habla bonito a los técnicos o porque te defendió en un momento dado, pero no por una escena de besos. Ya seríamos el colmo de la banalidad, me cae.

No sé qué significa el concepto de "mujer latina". Entiendo que Hollywood puso un estereotipo: las mujeres latinoamericanas somos morenas. Entonces resulta que nosotras estamos armando nuestro propio estereotipo, gracias a que ellos hicieron un estereotipo de nosotras, así de absurdo. Y resulta que nosotras somos un chorro: morenas, altas, gordas, chaparras, delgadas, rubias, pelirrojas. La idea de "mujer latina" es difícil de entender, incluso como concepto cultural; ya de por sí está cabrón decir "mujer mexicana", porque hay muchos Méxicos. Me ubico básicamente como mujer y ahí sí me encuentro.

Hace poco me preguntaron en qué me gustaría reencarnar, y respondí que en mujer. Me gusta ser mujer. Me gusta que podamos ser cabronas y dulces al mismo tiempo. Hay una frase de Jaime Sabines que fusilo: "Soy todas las mujeres que me habitan". Es una idea divina.

Por supuesto que soy vanidosa. Ser mujer es nunca dejar de ser tu propia Barbie. Te disfrazas, te maquillas, te pintas, te despintas. No hay niña que no haya jugado con Barbies; la que no lo haya hecho es muy sospechosa. Miles de feministas van a decir que es una pendejada lo que digo, pero es divertido ser mujer. Para mí es realmente delicioso salir del baño - que es cuando más me disfruto, físicamente hablando - y aspirar las esencias que salen de mi crema, que huele a vainilla.

Revista Cambio (Octubre 2001)

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